La verdad filosófica sobre la vida no puede presentarse al pueblo. Solo las alegorías de la religión resultan ser el modo adecuado para hacer sentir a la sensibilidad común y al entendimiento vulgar de la mayoría de los hombres lo que no logran concebir y comprender intelectualmente. Y así la religión ofrece un indispensable consuelo a los duros sufrimientos de la vida, sustituyendo a una metafísica objetivamente verdadera para elevar también al hombre inculto por encima de sí mismo y de su pobre existencia terrena. En ello radica el gran valor y la indispensabilidad de las religiones.