viernes, 16 de marzo de 2012

El ¿orgullo? de ser mexicana


Para darle sentido a este post debo empezar por platicar en el contexto en el que me encuentro. Los que siguen este blog desde hace tiempo saben ya, que soy mexicana expatriada y que vivo en La Capital de Europa desde hace ya más de tres años. Muchos de ustedes, queridos lectores, han visto la evolución de mis posts, donde he expresado sorpresa, alegría, desilusión, tristeza, enojo, desesperación, desesperanza, angustia, entusiasmo, optimismo, etc. No sé cómo es que usted me califique, estimado lector. Tal vez más de una vez le ha cruzado por la mente algo así como "La D está bien loca" o "La D es bien histérica" o "La D tiene pedos psicológicos graves"... Lo que jamás le ha cruzado seguramente, es que La D sea "grilla" o "revoltosa" o "polémica".

La verdad, es que esta servidora hace mucho que dejó de entrar en debates, o de emitir opiniones referente a política, partidos, gobierno, etc. La razón es que me da hueva. ¿Porqué? Porque creo que la política es algo así como darle vueltas al mismo asunto por años sin llegar a ninguna conclusión, sin tomar acciones ni cartas en el asunto. La política para mí, tiene la misma utilidad que una chaqueta mental. Sirve para entretener un rato pero al final, nada es real, no hay ningún cambio, no hay voluntad de actuar.

¿A poco a usted no le daría hueva también? Hablar y hablar y poco hacer no es lo mío, la neta. Así que partiendo desde este punto de vista totalmente apático, es que mi interés por temas relacionados como "partidos políticos", "candidatos presidenciales", "campañas", "propaganda", "propuestas", "mítines", "marchas", "derecha", "izquierda", etc., es totalmente nulo. Claro que esto no quiere decir que no lea el periódico o que mi cabecita no tenga una opinión al respecto... es sólo que no la digo ni ando tratando de convencer a nadie de que yo y sólo yo tengo la razón y de que sólo mi opinión es válida.

Sería absurdo creer que con el hecho de leer La Jornada, El Reforma, Proceso, etc;, ya estamos enterados de todo y ya sabemos de qué lado masca la iguana. Soy comunicóloga, no pendeja. Por lo tanto, ni creo todo lo que leo, ni todo lo que escucho, ni todo lo que veo en los medios. Lo que sí creo, en cambio, es lo que me cuenta la gente común y corriente que vive todos los días una vida con miedo, injusticia, violencia, impunidad e inseguridad en mi México Lindo y Querido.

A ellos, sí les creo. Le creo a mi hermana cuando me dice que el primo de una de sus colegas fue secuestrado, torturado, encajuelado y ejecutado porque no "juntó" el dinero que sus captores pedían. También le creo a El Picudo cuando me dice que Los Zetas ya extorsionaron a "Don Fulanito" del pueblo de a lado y que así andan "recolectando cooperaciones" de gente común y corriente; trabajadora, campesina; que no viven con lujos y que lo que tienen lo han conseguido con el trabajo de toda su vida.
Así también les creo a los medios internacionales: excepto a los medios gringos (están demasiado cerca y hay muchos intereses en juego). Leo el portal de BBC, de El País, de De Morgen y veo noticiarios y documentales de diversas cadenas televisivas, realizados por periodistas de varias nacionalidades: ingleses, españoles, belgas, alemanes, noruegos, etc. Si alguien me acusa de malinchista estará en todo su derecho y al final, querido lector, usted es libre de pensar lo que quiera. De forjarse su propia opinión (espero) y de "calificar" este blog y a su autora como mejor le plazca. Ni lo tomo personal ni me ofendo ni dejaré de dormir esta noche. Peores cosas me han dicho y aquí sigo.

Regresando al punto, o más bien, empezando a donde quiero llegar, le quiero contar que como expatriados no tenemos la oportunidad de celebrar el Grito de Independencia como acostumbramos estando en México. Aquí hay que acatarse a lo que dicte la agenda del Embajador(a) en cuestión. Algunos tienen que hasta viajar a otro país para poder ser parte de esta celebración, con toda la logística y la planeación (y el desembolso) que cualquier otro viaje implica. La recompensa es disfrutar de los platillos típicos, escuchar música de mariachi, gritar "viva México" en compañía de otras decenas o cientos si tenemos suerte, de mexicanos que como nosotros, andamos hábidos de sentir cerca de nuevo la calidez del terruño... aunque sea unas cuantas horas.

¿Pero porqué es que es tan importante esta fiesta? ¿Qué nos impulsa a tanto? ¿Y porqué nos sentimos tan mal y tan culpables si no festejamos? ¿Porqué?

En el discurso que escuché el día de ayer se mencionó varias veces la frase que da título a este texto, claro, sin los signos de interrogación y con toda la elocuencia que la ocasión ameritaba. Por primera vez en 34 años esa frase me sonó totalmente vacía y sin significado alguno. Mi corazón no se encogió de emoción, ni mis ojos se llenaron de lágrimas, ni se me hizo nudo en la garganta al escuchar el "Viva, México"... y sabe porqué pasó esto, querido lector? Le voy a explicar antes de que empiece a recordarme a mi santa madre.
La víspera de esta celebración, estaba La D muy a gusto en su sillón viendo tele junto a Mr D cuando la televisión flamenca tuvo a bien transmitir un documental realizado en Ciudad Juárez. Y no, no hablaba de las no-sé-cuántas-asesinadas en esta ciudad (más las que se acumulen este mes patrio), tampoco hablaba de "lo que el viento a Juárez", ni de su papel histórico durante la Intervención Francesa, ni de los tantos migrantes que hacen "escala" en su trayectoria a los Estados Unidos. Hablaba de una periodista, madre de dos adolescentes e hija de una mujer ya de edad avanzaba; una reportera que cada día "se la juega" tratando de hacer su trabajo; en esta tristemente famosa Ciudad Juárez.

Una mujer que sabe a qué hora sale de su casa, pero que no sabe si ese día regresará para contarla. Una mujer con los ovarios bien puestos, que se arriesga por sus hijos, por su gente y por su país a decir lo que las autoridades callan pero que todos sabemos: que la impunidad, la violencia y la corrupción están acabando con ese país que tan orgullosos nos hace sentir. Ese país que no existe más que en nuestros sueños, en los libros de textos, en nuestras canciones, en nuestro folklor. Ese país que tal vez nunca ha existido pero que nosotros nos empeñamos en ver todos los días con ojos ingenuos.

Y yo me pregunto: ¿ pero dónde está el orgullo? ¿Orgullo de qué? ¿De que nuestra gastronomía sea considerada una de las más variadas del mundo? Claro, sin tomar en cuenta que hay millones de mexicanos que con pedos comen frijoles y tortillas (y puro chile). ¿De la calidez de nuestra gente? Sin contar con las calentaditas que les tocan a algunos que se atreven a quejarse (ahí está la masacre del 68 por nombrar una de alta categoría histórica y las más recientes llevadas a domicilio "por error". Casualidad que también las víctimas hayan sido periodistas?). ¿Orgullosos de nuestra hospitalidad? Pregúntenles a los turistas asaltados, apuñalados, secuestrados, timados, madreados, violados, descabezados, encajuelados, desparecidos, etc. ¿De nuestra cultura? ¿La que nos dicta que el que no tranza no avanza? ¿La que nos hace sentir "chingones" cuando nos pasamos un alto o cuando libramos el corralón dándole "mordida" al agente de tránsito?

Perdóneme usted, pero de eso no me siento orgullosa, y muy probablemente, tampoco me sentiré así en los próximos veinte años. Ahora sí, miénteme la madre y dígame de todo. Pero dígame usted que nunca ha conocido a nadie que haya sido asaltado; que nunca ha sido víctima de extorsión; que nunca se ha preocupado por pagar la renta; que nunca ha sentido miedo al salir de noche; que nunca se ha pasado un alto; que nunca se ha atrasado con los impuestos y que NUNCA se ha quejado por vivir en México.
Si usted es de esos afortunados, sólo me queda decirle que usted es un maldito suertudo, que vive en un México de fantasía, o que su edad mental es la de un niño de 7 años.

Ahora usted podrá reclamarme todo lo que quiera. Que a mí "de seguro qué me importa" si vivo en otro país; que qué derecho tengo de opinar si ya ni impuestos pago; que es muy fácil hablar cuando no se está en los zapatos del otro: que qué se puede hacer si "esto es así"; que la culpa la tiene Calderón y todos los políticos; que el pueblo es víctima de su gobierno. Y si usted es panista/príista/perredista seguramente también culpará a los políticos rivales, o la caída del sistema del 88; o a Salinas, a Fox, al Peje.

Le cuento que precisamente, el no vivir en mi país me hace darme cuenta de que muchas cosas que creí que eran "normales" en realidad no lo son. No es normal trabajar medio día (o sea, hasta 12 horas) para medio vivir. No es normal que haya tanto desempleo y que los que quieren trabajar se tengan que ir a otro país porque el suyo no les da las oportunidades que buscan; ni que tantos que quieren estudiar no tengan la oportunidad de entrar a una universidad de gobierno. No es normalque la educación sea destinada sólo a ellos que pueden pagarla. Tampoco es normal" pagar impuestos y que no se "note" a dónde se van. No es normal no exigirles resultados a los políticos. No es normalque el jefe se enoje cuando nos enfermamos y aún así sufrir el descuento de esos días que no se trabajó. No es normal pagar peaje en las carreteras cuando para eso pagamos impuestos y para eso existe algo llamado Libertad de Tránsito. No es normal que niños de 10 años ya no quieran llegar a ser doctores sino "narcos" o "padrotes".

No es normal sentirnos patriotas sólo cuando gana la selección, ni sólo en Septiembre. Tampoco es normal echarle siempre la culpa a el otropor lo que nos sucede a nosotros.

Lo normal sería responsabilizarnos por nuestros actos, respetar al otro por muy diferente que sea a nosotros, enseñar a nuestros hijos a ser honestos, a decir la verdad, a ser analíticos y a preguntar en lugar de aceptar; enseñarles que pueden elegir y que pueden negociar y que la violencia no es la solución a los problemas.

Lo normal sería trabajar una jornada laboral justa, que nos permita tener tiempo también de recreación, descanso y lo que yo considero más importante que otra cosa: el tiempo necesario para disfrutar de la familia. Lo normal sería un salario que nos alcance y un seguro médico que nos respalde. Hasta las máquinas necesitan tiempo para ser revisadas, aceitadas, ajustadas. Los mexicanos no somos pinches robots que trabajan sin descanso y sin recompensa (tampoco somos esclavos).

Lo normal sería pagar impuestos y contar con todos los servicios que nos corresponden a cambio: agua potable, alumbrado público que funcione, caminos y carreteras transitables (y eso de pagar casetas es una mamada), drenaje, educación de calidad (de nada sirve construir escuelas si no se capacita a los maestros, si no se reforma el sistema educativo), seguridad social, etc.

Y no, no estoy soñando ni estoy pidiendo las perlas de la virgen. Soy de la opinión de que todos los mexicanos MERECEMOS vivir en un país sin violencia, en un país con equidad de género, en un país sin discriminación religiosa, sexual o clasista. En ese país que pintan los libros de texto, un país libre, generoso, cálido.

Pero nada es gratis, estimado lector; y tanto usted y yo sabemos que las cosas que valen la pena cuestan y no suceden de la noche a la mañana. Todo lleva tiempo y esfuerzo. Pero ser honestos no cuesta ¿o si? Respetar las leyes tampoco. No se pagan impuestos por mostrar tolerancia y apertura (que yo sepa). ¿Qué tal si empezamos por educarnos a nosotros mismos? Por esforzarnos y no pasarnos los altos, por esforzarnos y dejar de pagar mordidas, por esfrozarnos y dejar de meternos en la fila del super, por esfrozarnos y dejar de creer que sólo por el hecho de ser mexicanos somos automáticamente chingones.
¿Porqué no empezamos a trabajar menos, pero trabajar mejor? ¿De hablar menos y actuar más? ¿De echarle la culpa al gobierno cuando nosotros ni siquiera somos capaces de enterarnos de las propuestas de los candidatos? ¿Porqué no empezamos a ser más analíticos y menos hocicones? ¿Porqué no empezamos a luchar para que sea México el que se sienta orgulloso de tenernos como mexicanos?

Estimado lector, recuérdemela todo lo que quiera la próxima vez que diga "Viva México".

La D.